"que el hecho de haber
pintado mil cuadros
no significaba que pudiera pintar mil uno.
Que ésa era la
cruel servidumbre del artista"
No sé si se puede decir en alto,
pero Delibes me aburre.
Su pulcritud, sus adjetivos demasiado
pensados, sus “empero”, que basta que aparezcan en una esquinita de la página
para transmitir tufillo rancio a todo el libro.
No veo amor en su señora de rojo.
Veo un ejercicio de estilo construido en torno a un gran tópico literario: el
artista y la mujer a su lado. Lo adorna un poco con superficialidades: unos
hijos, una cárcel, la muerte de un dictador; detalles que no llegan a trama, que
molestan un poco y pronto se olvidan.
Un monólogo de Delibes para
Delibes, demasiado perfecto y demasiado lineal para enganchar como monólogo. A
través de estas páginas me siento avanzando hacia la nada, hacia la pura descripción,
echado de menos una razón para seguir leyendo.
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